El PSOE pedirá en el congreso ayudas en forma de microcréditos para madres y viudas de inmigrantes que naufragan en cayucos.
Con esto se tapan mecanismos como el Frontex (Agencia Europea de Protección de Fronteras) que está haciendo que mueran más inmigrantes ahogados. Con esto no se cuestiona la estructura financiera y política que provoca la huida de los hambrientos. Aquí les dejamos un artículo sobre los microcréditos y sus consecuencias.
El pensamiento blando sobre los microcréditos
Por Carlos Gómez Gil
La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz a Muhammad Yunus por su trabajo de extensión de los microcréditos en el mundo, ha generado una auténtica avalancha de elogios desmedidos hacia este polémico instrumento financiero, demostrando hasta qué punto se instala entre nosotros un «pensamiento débil» sobre cuestiones de una enorme trascendencia mundial y complejidad técnica.
Especialmente en materia de lucha contra la pobreza y políticas globales de desarrollo, precisamente cuando la comunidad internacional ha reconocido el fracaso de las políticas de cooperación que desde décadas ha venido realizando y la necesidad de una profunda reorientación en las mismas (Acuerdos de Marrakech de 2004, Declaración de París de 2005, y los propios Objetivos del Milenio del año 2000).
Y esto porque el endeudamiento masivo de la población más pobre por el que apuestan los microcréditos, no puede presentarse como la solución a los problemas de la pobreza y el subdesarrollo en el mundo, y mucho menos como una muestra extrema de libertad y progreso. Más bien, parece que asistimos a un proceso de extensión de la economía bancaria y financiera entre los sectores más pobres, curiosamente los que han estado excluidos de la misma hasta la fecha.
Difundir la idea de que los pobres pueden gastar indefinidamente más de lo que realmente tienen, genera una falsa comprensión de las verdaderas causas de los desequilibrios sociales y económicos en el mundo y la manera de abordarlos, pero también de la arquitectura global por la que se avanza. El discurso emergente sobre los microcréditos en los países en desarrollo se cimienta en la idea de que es el mercado, en este caso el mercado bancario, el que se tiene que encargar de la pobreza, siendo el mejor instrumento para reasignar óptimas condiciones de vida para los pobres del planeta, transformando así las políticas mundiales de cooperación y ayuda en una simple inserción de los países en desarrollo en un liberalismo económico asimétrico que ha generado tan colosales desigualdades en el reparto de los ingresos y en el acceso a los bienes públicos esenciales.
El argumento de que contra la pobreza no hay nada mejor que créditos pretende encubrir las verdaderas causas que están en la base de la pobreza y el subdesarrollo en el mundo, haciendo que los pobres sean responsables últimos de su situación. Al mismo tiempo, sirve para anular las políticas de cooperación internacional, transformándolas en políticas de bancarización, convirtiendo la pobreza inmensa en deuda eterna, ya que a mayor número de pobres, mayor número de créditos concedidos, con lo que aseguramos una clientela prácticamente ilimitada que permita engrasar un sistema capitalista que habrá entrado así hasta en los sectores más pobres del planeta.
La transformación de pobreza en deuda, como pretenden los defensores de los microcréditos, se apoya así en un darwinismo social bajo el cual, aquellos que estén en situación más precaria y vulnerable lo están porque no han querido o podido endeudarse. Es el avance de una cultura basada en el dinero donde todo tiene un precio, generando una «monetarización de la pobreza» que rompe las redes de solidaridad tradicionales, tratando de convencer a los destinatarios, los habitantes de los países pobres, de que su supervivencia es su mejor inversión. Los microcréditos tratan con ello de desviar la responsabilidad sobre el desarrollo social básico de los habitantes por sus Estados y por la comunidad internacional, transfiriendo esta responsabilidad a cada ciudadano, haciéndoles culpables de su supervivencia, anulando de esta forma el papel que estados, gobiernos y la comunidad internacional tenemos en el desarrollo de los más pobres. La solidaridad y responsabilidad internacional se transforma así en individualismo y privatismo, en definitiva, se asciende un peldaño más hacia la construcción de sociedades abandonadas a un liberalismo extremo, en oposición al reconocimiento de que la sociedad mundial tiene que avanzar sobre la base de que los estados asuman y garanticen unos mínimos vitales para todos sus habitantes por el solo hecho de serlo.
Hasta la fecha, ningún país, ninguna agencia de cooperación y ninguna Institución de Microfinanzas (IMF) ha podido demostrar de forma empírica el impacto positivo de los microcréditos en la reducción de la pobreza sobre amplias capas de la población más pobre, hasta el punto que los datos y las cifras que manejan parten de la apreciación –sumamente estrambótica– de que todo aquel que solicite un microcrédito abandona automáticamente su situación de pobreza por el solo hecho de pasar a ser deudor.
Los microcréditos concedidos
a las mujeres.
En el caso concreto de las mujeres, los estudios existentes sobre microcréditos que he investigado, dos elementos se ponen de manifiesto con rotundidad. El primero desmantela el mito de que sean efectivamente gestionados por las propias mujeres, ya que en una proporción muy alta de casos, son las mujeres las solicitantes porque tienen mayor facilidad para acceder a microcréditos, al ser ellas las que van a trabajar para su devolución y porque son mucho más responsables que los hombres para afrontar las deudas asumidas, mientras que en realidad son los hombres quienes deciden directamente sobre su empleo y gestión, como evidencian los datos procedentes del Grameen Bank.
El segundo, señala que estos créditos aumentan la situación de angustia, de sumisión, el esfuerzo y las jornadas de trabajo ya de por sí extremas que tienen las mujeres para salir adelante ellas mismas y sus familias. Así, buena parte de los microcréditos otorgados a las mujeres de escasos recursos suponen una extensión más de sus actividades domésticas y familiares, lo que se refleja en la naturaleza de los proyectos puestos en marcha por ellas, esencialmente vinculados a la cocina, la costura y las labores del hogar, como demuestran los informes de Pronafim, una IMF mexicana. Justo al contrario de lo que ampliamente se ha difundido sobre las supuestas bondades que las microfinanzas tienen para las mujeres.
Ante este escenario, los microcréditos tienen un papel absolutamente residual de cara a dar respuesta a los compromisos asumidos por los gobernantes mundiales en materia de lucha contra la pobreza y conseguir que éstos sean llevados a cabo. Estos son acuerdos mundiales de naturaleza política, que tienen que tener respuestas de carácter político en cada uno de los estados firmantes y por parte de cada uno de sus dirigentes. Sostener en cambio que los microcréditos van a ser la panacea para la consecución de los Objetivos del Milenio significa desconocer el significado de este acuerdo y ofrecer excusas para su incumplimiento, en mayor medida cuando los ODM no contemplan el endeudamiento de las personas destinatarias en sus 8 objetivos, 18 metas y 48 indicadores para llevarlos a cabo, como bien señala el informe Sachs.
Los microcréditos se nos presentan así como instrumentos repletos de virtudes y de éxitos a pesar de que todo ello está aún por demostrar, tal y como evidencian los propios informes del Consultative Group to Assist the Poor (CGAP), entidad internacional especializada en microfinanzas. Su pretendida capacidad instrumental para eliminar la pobreza parece más encaminada a vaciar las responsabilidades políticas e institucionales que existen en su mantenimiento, que en ofrecer transformaciones sustanciales que mejoren el acceso a bienes públicos globales por parte de los más desfavorecidos y aumenten el compromiso activo de los gobiernos y países más ricos con su eliminación.
Cierto es que el mayor éxito de los microcréditos se ha situado, hasta la fecha, en la articulación de propuestas alternativas que permitan proporcionar mecanismos financieros nuevos a disposición de los sectores más desfavorecidos y en los países del Sur. Sin embargo, es necesario todavía un trabajo mucho mayor en la puesta en marcha de fórmulas solidarias, avanzadas y capaces realmente de apoyar a sectores alejados del acceso a la financiación, sin la gravosa carga de la deuda que estos grupos sociales no pueden asumir como una nueva y pesada losa en su ya esforzada vida. Sin duda, deberían de explorarse nuevas fórmulas de economía social, formas comunales de producción, sistemas avanzados de cooperativas y sociedades productivas, medidas para fomentar empleo público desde las administraciones descentralizadas, desde aldeas y núcleos rurales. En definitiva, fórmulas nuevas para generar riqueza y desarrollo que no pasen necesariamente por el endeudamiento y el empobrecimiento generalizado como único designio hacia el que todos avanzamos irremediablemente.