Los grandes industriales creían –además- en su superioridad moral. Aquella gente baja era capaz de cualquier cosa. Brutos, ignorantes... Más de una vez cuando los explotados lanzaban alguna pregunta alzando la voz en los cafés de la clase alta, en las “meriendas” de sus esposas se decía como en la película de Oliver Twist: “Eso es culpa de la carne, comen demasiada carne”.
Y así nacieron las primeras huelgas. Conscientes de que no hay riqueza que no proceda del trabajo... los propietarios primigenios del trabajo, los trabajadores, dejaban de trabajar y así presionaban para arrancar algo, siempre menos de lo justo y necesario... pero algo que pudiera significar el consuelo material de tener algún cuarto más y el consuelo moral de haber alcanzado alguna victoria por pequeña fuera.
Con el tiempo, los explotadores se apropiaron del invento (¡y sin pagar derechos de propiedad intelectual a sus inventores) y empezaron a utilizarlo para aumentar sus privilegios. El instrumento huelga de profundísimo calado moral se convertía en inmoral porque se había corrompido su sentido de la justicia.
¿Cuándo es moral una huelga? Cuando hace que la injusticia baje un peldaño y la justicia lo suba. Cuando no es así la huelga no es moral. La cuestión no es si hay ley de huelga, ni si se cumplen los servicios mínimos. La cuestión es si es moral.